En el ciclo de la vida, nada se pierde

 

Hace unos años una de mis mejores amigas me comentó que nunca me había escuchado hablar de mi mamá. Rápidamente le comenté que el día que empezara a hablar de mi mamá no iba a parar. No entré en muchos detalles en el momento porque me sorprendió el comentario y porque sentí que me había emocionado y no quería llorar. Sin embargo esto me llevó a preguntarme por qué nunca antes le había mencionado mi mamá.

 

Hoy, con el paso del tiempo, se que nada se pierde y que ningún esfuerzo humano o sufrimiento vivido es en vano, que todo nos ayuda a crecer. Es por esto que no puedo pensar en mejor manera de iniciar mi nuevo blog Among the Coconuts que hablar de mi mamá, María Pozo, y compartir francamente las experiencias vividas en sus días finales. Estas me estremecieron de tal manera que no tengo duda que han sido las que más han coloreado mi vida profesional y han guiado tantos de los pasos que he dado en la vida. En esa luz, no tengo duda que la muerte de mi mama sirvió para que yo viera claramente cosas que tenía que ver. Hoy las comparto con ustedes.

 

Mi mamá murió en el 1981 en un cuarto privado del Hospital Auxilio Mutuo de San Juan, Puerto Rico. La batalla que sostuvo contra el cáncer por cuatro años fue una comedia de errores e inhumanidad clínica y espiritual. Inicialmente se trataba con un médico cubano famoso de La Habana que rutinariamente le recetaba Valium azules por que pensaba que estaba histérica y se quejaba en vano. El día antes de que un tumor del tamaño de una toronja y el otro del tamaño de una china de naranja le perforaron el colon provocando una peritonitis que casi le causa la muerte, el doctor la había enviado para la casa con una nueva receta de Valium azules.

 

Después de sobrevivir la peritonitis mi mamá cayó en manos de un famoso oncólogo puertorriqueño. Mis intenciones de entrar en diálogo con mi mamá sobre el cáncer y la muerte fueron tronchadas por mi papá, el oncólogo y por el sacerdote español amigo de la familia. Me prohibieron hablarle del tema. Después de todo, mi mamá ya tenía un diagnóstico de histérica.

 

Mientras tanto, mi papá se consolaba con la idea de que tenía un buen seguro médico y podía ofrecerle a su esposa el mejor tratamiento médico disponible y cuarto privado en unos de los mejores hospitales de Puerto Rico. Eso era un logro sustancial para un cubano refugiado que había llegado a la Isla seis años antes con una mano adelante y otra detrás.

 

Mientras que mi papá encontró consuelo en proveerle a mi mamá el mejor de los cuidos, yo me consolé en los libros de la doctora Elizabeth Kubler Ross y Ram Dass y con los cuentos de  Zen. A los 18 años yo ya había encontrado poderosas razones para cuestionar la Cubanía, la iglesia Católica y la ética medica. Emocionalmente no pensaba que iba a poder sobrevivir la muerte de mi mama y mejor amiga. Veía que mi mama moría en soledad psicológica mientras yo me encontraba paralizada e incapaz de entrar en diálogo con ella. En fin, todos en la familia estábamos padeciendo de soledades paralelas.

 

No voy a entrar en detalles clínicos porque tendría que escribir una novela pero debo mencionar que el oncólogo quería operar a mi mama una semana antes de morir después de estar desahuciada. Por suerte buscamos una segunda opinión y no permitimos que mi mamá se sometiera al trauma esa última operación.

 

Tuve la dicha de estar presente en el momento que mi mamá dejó su cuerpo. Temprano en la noche habíamos logrado hablar pues violé la orden de mordaza que tenía impuesta. El silencio y la soledad de estar al lado de su lecho de muerte a las 4:20 AM de la mañana estaban impregnados de paz. De una manera extraña esa madrugada vencimos el cáncer y presencié un amanecer extraordinario desde la ventana del cuarto. Fue para mi un momento confuso, ver tanta belleza y sentir tanta alegría y a la vez tanto dolor. Así me despedí de mi mamá.

 

Yo, al igual que muchas personas de mi generación, hemos explorado la medicina complementaria por que en algún momento hemos visto a un ser querido caer en manos de un sistema médico que les ha causado más sufrimiento que alivio. Hemos sido lo suficientemente valientes o tontos de experimentar en cuerpo propio con comida orgánica y otros métodos alternativos de terapia. Al igual que la buena medicina nos ha salvado la vida, en otras ocasiones la mala medicina ha violentado nuestros intelectos, y nuestros corazones, pero más que nada nuestros cuerpos físicos.

 

Después de unas cuantas décadas de exploración y activismo orgánico he tenido el privilegio de ver un sinnúmero de personas gozar de mejorías de salud después de pasar por procesos de desintoxicación corporal y cambios de dieta. Yo diría que después de tantos años por fin hemos despertado la curiosidad de profesionales de la salud que ahora preguntan ¿“ y qué es eso de los germinados’’?

 

Cuando mi mamá murió en el 1981, de cada 30 personas 1 persona padecía de cáncer. Hoy padecer de cáncer es algo tan común como cualquier otra enfermedad degenerativa. El tiempo ha madurado. El momento para mayor apertura de mentes y corazones es ahora. Ya sabemos cual es el camino de la vida y del amor. Busquemos con humildad una mejor manera de caminar por la tierra con reverencia.

 

A través de los años me han llegado unos cuantos médicos y profesionales de la salud a mis talleres de comida viva además de mucha gente hambrienta y adolorida. Cada día estamos comprendiendo más y más que todos debemos de cuidarnos lo mejor posible de una manera preventiva con una dieta balanceada libre de químicos, pesticidas y hormonas de crecimiento. Tengo grandes esperanzas por que veo grandes búsquedas en los corazones de todos los profesionales de la salud y todos los otros talleristas con quien comparto. Si todos trabajamos juntos hacia un bien comunal auguro que vamos a poder lograr una mejor calidad de vida.

 

Ninguna cantidad de germinados o zumos de hierba de trigo nos van a salvar de estirar la pata o de la vejez pero si nos pueden ayudar a abrir nuestros corazones y ojos a una nueva manera de relacionarnos con la tierra, la alimentación, la salud, la muerte y todos nuestros interrogantes existenciales.

 

Uno nunca ve a una persona en su totalidad hasta que muere. Es como ver el final de una película. La muerte de nuestros seres queridos nos deja un sabor dulce o amargo en la boca que indudablemente impacta la percepción de nuestra existencia de una manera profunda. Es mi esperanza que el desenlace de la vida de nuestros seres queridos nos deje con un sabor dulce en la boca y con un sentimiento de victoria en nuestros corazones.